Ambientalistas de Acoyte y Rivadavia

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El año pasado estuve en el museo Acatashún de Aves y Mamíferos Australes ubicado dentro de la Estancia Harberton, la más antigua de Tierra del Fuego. En un momento, la bióloga que oficiaba de guía contaba que en ocasiones, una foca leopardo de la Antártida podía entrar al Canal Beagle y comer decenas de pingüinos que quedan a su merced. Al escuchar eso, una de las visitantes preguntó azorada si no se podía hacer nada por los pobres pingüinos. La bióloga tuvo que contener la risa para explicar que la naturaleza no es un zoológico, y que la depredación es un hecho de la vida natural: la foca se come a los pingüinos de la misma manera que los pingüinos depredan los peces del canal.

 

Estancia Harberton
Estancia Harberton, sobre la costa del Beagle

Otra vez, comentaba en una reunión sobre un cerco en la casa de mis padres que había que sacar: era un cerco de lambertianas de 50 metros de largo. Algunos de los árboles habían crecido cerca de 3 o 4 metros de alto y solía pasar que cuando había  tormentas o vientos fuertes alguno caía tumbado, lo que lógicamente no le hacía gracia al vecino. Por otra parte, las lambertianas tenían ramas bajas que cubrían varios metros cuadrados de terreno, con lo que sacarlas también representaría una gran ganancia de terreno para mis padres. Una asistente a esa reunión quedó consternada al escuchar los planes para talar esos árboles, aún cuando intenté explicarle que ocupaban inútilmente una superficie varias veces mayor que su departamento en Flores, y que en última instancia habían crecido en menos de 10 años, no había demasiado problema en plantar más y dejarlos crecer nuevamente. Pero no hubo caso.

La turista protectora de pingüinos y mi conocida defensora de lambertianas son perfectos exponentes de lo que yo llamo “Ambientalistas de Acoyte y Rivadavia”. Son personas de vida urbana (en nuestro país suelen ser porteños), preparada, con estudios, que ama la naturaleza pero lo único natural que tiene cerca es una maceta en el balcón. Tienen buenas intenciones, pero su vida urbana les hace perder perspectiva de algunas cuestiones. Como viven tan rodeados de cemento, para ellos toda la naturaleza es preciosa. TODA. Les da lo mismo un cerco de lambertianas en la Pampa Húmeda que un bosque de lengas centenarias en la Patagonia porque realmente no entienden la diferencia: para ellos un árbol es un árbol, y en su devenir diario ven pocos de esos. No entienden que en muchos lugares de nuestro país no es difícil hacer crecer árboles artificialmente.

Yo no puedo hacer alarde de vida rural (viví toda mi vida en el área metropolitana de Buenos Aires, ¡y de hecho escribo estas líneas desde una oficina con vista a la Avenida Rivadavia!) pero mis vacaciones preferidas son en contacto con la naturaleza. También me ayuda tener padres que viven en una zona algo más agreste, aún sin ser realmente rural. He tenido que desmalezar superficies del tamaño de departamentos a machetazo limpio, y sé que si en algunos lugares si a la naturaleza no se la mantiene a raya te termina asfixiando.

Creo que lo que define al ambientalista de Acoyte y Rivadavia es que tiene tiene una visión idealizada de la naturaleza, y mantiene con ella una relación paternalista. Visión idealizada porque no concibe que el mundo natural es uno de eterno y permanente conflicto entre distintos seres. La naturaleza definitivamente no es armónica. Y es paternalista porque cree que el mundo natural siempre, en toda circunstancia, tiempo y lugar amerita protección especial de parte de los seres humanos.

Por suerte, la naturaleza es mucho más fuerte de lo que muchos piensan, y puede sobrevivirnos tanto a nosotros como a si misma.

Fotos:
Acoyte y Rivadavia: Google Street View
Estancia Harberton: del autor, enero de 2014

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